
En pocas ocasiones se utiliza este medio para tratar de contar una historia que se aleje de las típicas epopeyas épicas de “hay que salvar el mundo”, “eres el elegido”, o simplemente “debes saciar tu venganza”. ¿Y cuántas veces se nos ha contado un relato, a modo de alegoría de algo mucho más profundo? Posiblemente Papo & Yo sea uno de los pocos títulos (por no decir el único), que consigue llevar los videojuegos a un nivel emocional inexplorado. ¿Cómo logras tocar un tema tan delicado como el maltrato infantil a través de un juego? Rompiendo con las normas.



Prólogo:
Viernes, 16:00. Llegamos a la base secreta que han cogido los chicos de 2K Spain para enseñarnos uno de los títulos más esperados del año. Los saludamos con manos temblorosas y miradas nerviosas; nos cuesta mantener la calma. Subimos las escaleras poco a poco, mientras nos van explicando cómo había ido en otros eventos y con qué nos encontraríamos en el de hoy. “No se pueden hacer fotos”, nos informan. No nos importa; no estamos ahí para sacar instantáneas, estamos ahí para probar el que puede llegar a ser uno de los mejores juegos del año y, porqué no, de esta generación de consolas. Estamos allí para visitar la ciudad de Columbia. Estamos allí para probar Bioshock Infinite.
Sería fácil hablar de Crysis 3 centrándonos solo en su apartado gráfico. Buenos modelados, buenas animaciones, escenarios amplios y detallados, la iluminación, explosiones, partículas, texturas…todo en el juego se ve estupendamente. Desde la primera entrega, una de las características de la franquicia de Crytek ha sido el espectáculo visual, y en esta tercera parte no decepciona. Pero hay otras cosas, unas cuantas, que sí están por debajo de lo esperado; por debajo de lo que se le pide a un buen shooter. Hablar solo de los gráficos cuando nos referimos a Crysis 3 es algo fácil, sí, pero por una razón bastante simple: el resto de apartados no están a la altura.